23 junio, 2020

LA ABUELA


El muchacho podía haberse llamado Julio, Juan o Gilberto; no lo sé. Era de talla media y algo rollizo, cabello crespo, cabeza alargada, cejas pobladas y ojos rojizos marcadamente caídos. Tal vez era medio ganso en el salón de clases, pero daba la impresión de ser un engreído en casa. Siempre lo veía gastar sus abultadas propinas en el quiosco; ningún niño pagaba con billete como él en muchas ocasiones hacía. 

La viejecita era más puntual que la campana del recreo. Solía llegar, lívida, al patio de formación de la escuela y se resignaba a la espera, fiel a su preocupación de abuela, abrazada a una bolsa de tela bordada, probablemente con fragancia a ruda o manzanilla.

Cuando el muchachito aparecía, con las manos en los bolsillos y la mirada en sus brillantes teddy, la anciana se apresuraba a sacar de su bolsa una pequeña y delicada jarra de vidrio de donde le servía jugo de frutas de tantos colores como días tiene la semana. La mayoría de alumnos y profesores reparaba en esta exagerada forma de engreimiento pues luego de terminado el diario ritual, el nieto daba la espalda a la abuela con la misma frialdad con que la había recibido y marchaba de prisa al quiosco.




Recuerdo a la trajinada mujer, como viuda detrás de un féretro emprendiendo la retirada y, como parte de un ensayo previo repitiendo día tras día tal cual cada movimiento; la misma ropa oscura, los mismos pasos sincronizados, los mismos gestos y la misma peineta del mismo color y en el mismo y exacto lugar del día anterior. Siempre pensé que el muchacho era un malagradecido y que la mujer exageraba en sus cuidados, pero era su abuela a pesar de todo. A la mañana siguiente observaría la misma escena, al otro día igual y al día siguiente la misma película del día anterior.

No era común ver esto en una escuela pública. En esa época todos los estudiantes nos levantábamos temprano, salíamos de casa desayunando y después de la una salíamos hambrientos a almorzar en casa. Cierto es que quien llevaba propina compraba lo que quería y quien no llevaba dinero asaltaba a su compañero.

Tal vez este pasaje de mi vida escolar no sea muy importante, pero mi mente jamás pasó al olvido a esta anciana sin rostro y a este muchacho que bien podía haberse llamado Julio, Juan o Gilberto; nunca lo sabré.


Imagen tomada de WahooArt.com by Paula Modersohn Becker.



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