18 marzo, 2018

LA GRAN MONTAÑA


La gran montaña empezó a convertirse en un deseo vehemente a fines del año pasado, cuando con algunos amigos hacíamos planes para visitar Cusco, la ciudad que todo peruano anhela conocer para luego rendirse ante la majestuosidad de Machu Picchu.

A partir de ahí, después de ver algunas imágenes y videos de gente que la visitó, recordé mi no-miedo a las alturas y decidí la compra del boleto. Fueron cuarenta días los que tuve que esperar para enfrentar aquel reto vertical no tan común cubierto de espesa vegetación y rodeado de precipicios de infarto.



Huayna  Picchu


Es cinco de Marzo y llego a la famosa ciudadela, Nueva Maravilla del Mundo, tratando de buscar una montaña que no encuentro pues en aquel instante la niebla la cubre completamente, lo cual aumenta mi nerviosismo. Poco a poco y como si se tratase de un efecto visual, la luz del sol va dejando ver su cima, lejana e inalcanzable; también de pronto aparece su perfil, indómito, majestuoso, perturbador.

Ya al pie de la gran montaña y no con poco temor, me asalta nuevamente la duda de saber si lograré superar aquel vertiginoso ascenso o si mi visita pasará a ser sólo un ilusorio recuerdo.

En la caseta de control, entrego mi boleto y lleno mis datos en un grueso libro de visitas, también firmo y coloco mi hora de ingreso, esperando que todo tenga un final feliz y pueda anotar mi hora de retorno con mano propia. Cargo al hombro un pequeño maletín donde llevo un botiquín elemental, una botella de agua y mi teléfono móvil; además, llevo puesto un poncho plástico pues está nublado y amenaza con seguir lloviendo.

El clásico letrero y la flecha me indican que estoy a punto de empezar a cumplir un sueño gestado hace algunos meses. No creo que esta aventura sea adrenalínica sino más bien un deseado recorrido ancestral donde podré sentir la huella sagrada de los Incas bajo mis pies y mi cansancio se tornará en un hálito de fortaleza.


   


El recorrido hacia la cima requiere un gran esfuerzo físico pero no es para nada tedioso. Mis pasos van adaptándose a los escalones y mi corazón latiendo a mil. Lamentablemente, no es una mañana despejada, llovió durante la madrugada y el barro dibuja el calzado de todas las personas que seguimos adelante. La vegetación, los pequeños insectos y el perfil de la montaña dan un hermoso marco al paisaje que se va aclarando cuando la niebla se disipa. Por momentos, los escalones van tomando formas caprichosamente verticales pero hay gruesas cuerdas de acero clavadas en la piedra que nos ayudan en gran parte del ascenso.

Se puede descansar por tramos. Aquí no se tiene que cumplir un tiempo previamente definido ni hay un guía que nos acompañe, sólo claros indicadores para seguir el recorrido sin temor a tomar otro camino. Las personas que asumimos este reto y nos encontramos ahora aquí somos de diferentes países y con algunos de ellos nos damos un tiempo para saludarnos y charlar, un modo de expandir nuestra complicidad, el objetivo es uno y el cansancio común.

Después de esta agotadora subida, parece que a lo lejos ya se puede ver una construcción Inca. La cima aún no aparece, pero igual es algo esperanzador. Las personas que van descendiendo nos dan ánimos y nos hacen saber que ya nos falta muy poco.




LLegar a lo más alto de la gran montaña es totalmente emocionante, místico e incomparable. Por un momento  mi corazón late al mismo ritmo que el de mis ancestros y el tiempo parece detenerse. El viento que golpea mi rostro es aún húmedo, la sensación única.

Por ratos y celosamente, las nubes esconden Machu Picchu por completo, pero luego el tiempo se aclara y la ciudadela aparece completa, imponente, inigualable... Es un regalo divino estar en la cima de la gran montaña.




Huayna Picchu (Montaña Joven), La Gran Montaña, está formada por roca magmática, mide más de 300 metros y está ubicada en la parte norte de la ciudadela Inca, a 2668 metros sobre el nivel del mar. Cubierta por una tupida vegetación, cuenta con algunas escalinatas talladas en la roca viva y otras de piedras unidas con masa de mortero, las cuales facilitan el ascenso. Los escalones más empinados de la montaña, casi ya en la cima, son conocidos como "la escalera de la muerte". El río Urubamba serpentea al fondo del abismo.




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