23 enero, 2016

EL HIJO


Una calurosa mañana, al verme, el hijo cruzó la calle, me dio el encuentro y me extendió la mano para agradecer mi presencia en el pasado velorio de su madre. No pude más que sorprenderme, le extendí también mi mano, le di una palmada en el hombro y me despedí sin más. Ya en casa, no dejé de pensar en ese instante, lo recordé en la iglesia, junto al féretro, con traje de riguroso luto y recibiendo los pésames de los asistentes.

El hijo fue el único hijo de aquella madre a la que muchos quisimos y a la que fuimos a darle el último adiós aquel triste día de primavera, pero decir que fue un buen hijo, definitivamente no podría.

Los padres siempre quieren dar lo mejor a sus hijos. En este caso, no fue la excepción, pero algo tuvieron que haber hecho mal, pues el hijo sólo se limitaba a recibir mas no a retribuir. En una oportunidad, el hijo fue desenmascarado por recibir la mensualidad y algún dinero adicional para solventar sus estudios universitarios, pero jamás hubo matrícula ni universidad ni estudios ni nada. El hijo ya había superado en talla al padre y en voluntad a la madre; mientras ellos envejecían él calculaba, y mientras sus cuerpos se debilitaban y enfermaban, él seguía calculando.

En cierta forma, el padre tenía los medios para pasar una vejez digna, él y su esposa, pues trabajó y acumuló durante toda su vida, pensando ingenuamente, que tenía todo inventariado y bajo control; sin embargo, era el hijo el que lo tenía, pues ya se había encargado de duplicar todo, de apoderarse de las contraseñas de los bancos y de estar siempre un paso adelante en todo, incluido un juego de llaves adicional de toda la casa.

Con el paso del tiempo, pasó lo que tenía que pasar, el padre envejeció y pasó a ser un objeto más en ese laberinto llamado hogar, mientras la madre ensayaba una sonrisa y miraba hacia otro lado, atendiendo en todo al hijo, la comida siempre caliente, disimulando sus excesos y firmando todo lo que había que firmar, para evitar discusiones y problemas, después de todo era su único hijo. Mientras tanto, el padre llegó a un estado en que urgía atención médica y cuidados especiales, lo cual no fue considerado una prioridad.

Cierto día, entre tantas idas y venidas, variaciones del clima y preparativos para la Navidad, el padre cerró sus ojos para siempre y no fue algo tan terrible para el hijo, pues ya él había tomado todas las precauciones para esa eventualidad, incluido el cálculo de los gastos a realizar y tantas cosas más que no incluían ni lamentos ni arrepentimientos ni exámenes de conciencia.




Por eso, aquella mañana en que se detuvo a agradecerme por acompañar a su madre, me sorprendí; hubiera querido ser yo el que le agradezca por todo y por portarse como un buen hijo, pero no fue así. Simplemente, le di la mano y aquella palmada en el hombro y seguí mi camino, volteé luego a ver su paso presuroso y vi al mal hijo perderse entre la multitud.


" Honra a tu padre y a tu madre,
para que tus días se alarguen
en la tierra que Jehová tu Dios te da." 
(Éxodo 20:12)

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