16 marzo, 2013

EL NIÑO ABRAHAMCITO


Abrahamcito nació en marzo, durante una revuelta, en un pueblo muy humilde de la sierra. Era un niño pequeño, delgado y orejón. A los dos años, su cabeza era más desarrollada en comparación al resto de su cuerpo, tanto que a veces parecía irse de lado por su peso. A esa edad, ya sabía que a las seis de la tarde en punto se acostaban las gallinas y le gustaba aquel juego de hacer navegar buques con caramelos dentro.
 
El niño Abrahamcito era un niño bastante despierto e inteligente.  Hacía interminables preguntas, colocando la mano derecha sobre su frente, la izquierda abrazando su cintura y cavilaba buen rato al evaluar las respuestas. A decir verdad, Abrahamcito era muy diferente al resto de niños de su edad e inclusive a sus hermanos pues cuando hablaba lo hacía como un viejo y solía ser el consejero de niños y adultos. Cogía las cosas con mucha delicadeza. Había aprendido a leer y escribir cumplidos los cuatro años de edad, sin haber pisado aún la escuela.

Abrahamcito tenía un apego muy notorio hacia lo litúrgico, quizá producto de su raza mezcla de sangre indígena y española, tanto que su padre quiso que estudiara para ser obispo. Oraba con frecuencia y leía con devoción las Santas Escrituras. Luego sería un niño bastante estudioso y entregado a su escuela, pues pensaba que si él aprendía de sus maestros luego mucha gente aprendería de él.




A los trece años, el niño Abrahamcito enfermó del susto al sufrir una caída del caballo que lo transportaba, lo que sumó muchos problemas a su salud ya de por sí delicada. Sin embargo, nunca perdió el tiempo pues al no poder asistir a la escuela se volvió autodidacta, devorando la extensa biblioteca que su padre poseía. 
 
El niño Abrahamcito se convirtió luego en un joven de 1.70 de estatura, de rostro aguileño y frente amplia. Siempre delgado, pulcro y de andar sobrio. Conservaba una voz suave y particular elegancia, pero sus ojos denotaban un constante sufrimiento interno.

Quién diría que con el pasar de los años, el niño Abrahamcito  empezaría a estudiar Medicina en la Universidad Nacional de Trujillo, aunque con el tiempo haría un cambio de carrera profesional y dedicaría muchas horas a profundizar en su curso preferido : Literatura Antigua.
 
El niño Abrahamcito, ya convertido en hombre, supo siempre que tenía una misión que cumplir, aceptando como suyo el dolor de la gente. Él mismo tuvo que pasar por muchas pruebas, penas e injurias, soportando también aquel triste sentimiento llamado envidia. Pero en el fondo de su alma comprendía que la vida era un calvario por el que se tenía que andar. Era buen conciliador y trató siempre de unir a las personas, a pesar que muchas veces no percibía una buena intención por parte de ellas. Se desahogaba entonces en la lectura o cogiendo una pluma para escribir, como lo hizo desde pequeño.
 
Abrahamcito, aquel niño tan diferente a los demás niños, dejó un día su pueblo y su país a los que tanto quiso, marchando para no volver más. Según sus propias palabras, en el Perú él se veía como una perla perdida en la profundidad del mar. Y no fue su país, por cierto, el que le brindó las satisfacciones que se da a un hijo nacido de sus entrañas.




Hubo una vez un cuarto pintado de verde, una familia, un hogar y una abnegada madre, que se fundieron con el sufrimento del alma, la filosofía y el sentir de la gente tras la puertas. Hubo una vez un huerto, las gallinas, el patio, el oratorio, los buques de papel y un camastro, ordenados todos de forma geométrica, producto de una capacidad creadora divina. Substancia y fuente inagotables.

Hubo una vez un niño al que todos llamaban niño Abrahamcito.


______________________________________________________________________________

Relato escrito a partir de  "César Abraham Vallejo, Ascendencia y Nacimiento", por Oswaldo D. Vásquez Vallejo  (U.N.T. - ViceRectorado Académico).

______________________________________________________________________________

No hay comentarios: