15 enero, 2011

EL VUELO DE ALFONSO


Creo que por fin ha llegado el momento. Tengo que intentarlo una vez más y ojalá sea hoy la definitiva. Pero estoy algo triste, pues si todo sale como espero, dejaré atrás una familia que me ayudó y me dio cobijo en el momento en que más lo necesitaba. Nunca pensé encariñarme tanto con ellos ni que existieran personas tan buenas. Pero no puedo quedarme aquí. No pertenezco a este tipo de vida. He mejorado mucho, la herida sanó y mis dolores desparecieron. Tengo que marcharme.

Recuerdo el día del accidente y la tibieza de la sangre al ir humedeciendo mi cuerpo. Debo haber perdido el conocimiento durante algunos segundos, pues desperté sin estar orientado en tiempo ni espacio. Lo que sí sabía es que empezaba a sentir mucha hambre. El corte parecía haber empeorado, pues no sentía ningún alivio al realizar los movimientos de siempre. El dolor era constante y creciente. Sin embargo, tenía que empezar a caminar un poco. Tenía que hacer mucho ejercicio, aunque antes necesitaba alimentarme bien para estar en forma.

Me encontraba solo, lejos de mi familia y a expensas de gente extraña. Había un hombre que me daba de comer, pero ese día se estaba tardando demasiado. Me llevaba carne cruda en una bolsa plástica, no sé de dónde la sacaba pero sabía horrible. Prefería mil veces pescado fresco, tan delicioso y tan lejano entonces.

Mis alas parecían haber perdido forma y tamaño. Sería tal vez por lo delgado que estaba en esos días. Mi cuerpo parecía a simple vista, el de una pequeña gaviota desarmada. Una mañana en que la herida me dolía tanto, el hombre me metió en una especie de canasta y me sacó del lugar donde estaba. Pensé que era el fin. Nadie tenía por que cuidarme tanto, para qué? No tenía sentido. En ese instante hubiera querido estar mejor alimentado para empezar a correr y alzar vuelo, pero las fuerzas no me daban. Estaba muy débil. Cerré los ojos y esperé que suceda lo que tenía que suceder. Estaba casi seguro que no sería nada bueno.

Cuando llegamos a nuestro destino y sacaron el trapo que cubría mi cabeza, tuvo que pasar un momento para volver a acostumbrar mis ojos a la luz. Había un sol esplendoroso, pero todo era seco a mi alrededor y me desesperaba. Entonces fue que los conocí. Era una familia que me recibió con mucho cariño. Se acercaban a mirarme con detenimiento, conversaban y luego se marchaban, para regresar luego con una especie de ungüento que aplicaban a mi herida. Al comienzo era muy doloroso sentir esa especie de remedio salvador, pero yo estaba consciente de que era por mi bien. Trataba de no poner mucha resistencia. Esto se repetía en varias oportunidades y durante varios días, hasta que una tarde sentí que la herida no me dolía más y que tampoco sentía ese calorcito alrededor de ella. Había sanado, al fin.

Lo que llamó más mi atención en casa de esta familia, fue que muchas veces charlaban conmigo como si fuera uno de ellos. Me daban de comer pescado, no tan fresco pero delicioso. Me engreían. Reparé también en que me habían puesto un nombre, pues cada vez que se dirigían a mí lo mencionaban. Mi nombre era Alfonso. Pero lo que no me agradaba de aquella casa eran unos animales muy salvajes y bullangueros. Uno de ellos era negro y estaba amarrado al pie de una higuera. Ese era el más bravo y gritón. Pero habían otros que se desplazaban por toda la casa, la chacra y los corrales, moviendo la cola con exageración y con sus hocicos abiertos. Eran unos animales que yo pocas veces había visto. Los llamaban perros. Muchas veces, cuando estaban de pocos amigos, tenía yo que ponerme a buen recaudo para que no me atacaran. Felizmente, ya podía dar saltos regulares y suspenderme ayudado por mis grandes alas, las cuales empezaban a tener mejor forma y se veían más saludables.

Estoy muy agradecido con todas estas personas. Ahora trato de impulsarme mejor y veo que ya puedo volar. En realidad, he venido practicándolo mucho. El gran día por fin ha llegado y éste será mi último ensayo. Veo que la distancia que puedo volar es grande. Estoy fuerte y sé que podré llegar al mar sin ningún problema.

La gente, mi familia adoptiva, me mira con algo de tristeza. Es la primera vez que dejo el territorio donde hasta hace poco estaba viviendo. Pero, de alguna manera debo demostrar mi agradecimiento, no puedo marcharme así y decido regresar, volando en círculos. Doña Margarita, la dueña de casa, ha dejado sus labores cotidianas y observa mi vuelo, haciéndose sombra con una mano. Los hijos de ella, que en ese momento se encuentran ahí, me miran también, resignados y satisfechos. Ellos y yo sabíamos que este momento llegaría. Los he perdido de vista nuevamente pero insisto y regreso una vez más. Lo hago luego, por tercera y última vez, y siento que me invade una especie de tristeza cuando ellos levantan sus manos y me hacen la señal del adiós. Me acerco un poco más y me inclino para escuchar lo que dicen. Se están despidiendo de mí, pues mencionan mi nombre una y otra vez, nombre que muy orgulloso llevaré y recordaré siempre.

- Adiós Alfonso – alcanzo a escuchar.

- Adiós amigos – musito.

Es una tarde soleada y ya no miro hacia atrás. Estoy realizando un vuelo perfecto. En unos minutos tendré el mar frente a mí y la brisa se encargará de disipar todo lo que se parezca a una lágrima.








Dedicado a Margarita Ávalos Urquizo
(* Oct.25, 1932  Enero 15, 2009)



2 comentarios:

Milagros dijo...

Hola. Recuerdo a mi tía Mara como si fuera ayer, siempre tan suave, en su trato y en su forma de hablar, esa voz tan calmada, que muchos años al final de su vida usó paa compartir la paz que había encontrado en Dios.
Esa voz que transmitía tantas cosas trascendentes, sin invadi creencias ni privasidad de nadie. De niña, siempre la recuerdo yendo a visitar a la familia, especialmentea mi abuelita, y a mi propia madre.
Era muy cariñosa, y lo demostraba también con los animalitos, en el terreno vivía rodeada de ellos, y eso siempre la caracterizó.
Ahora qu ha partido junto a tío Arsenio, de quien pese a que estaba muy pequeña, guardo gratos recuerdos, también de ser una persona trabajadora y cariños, que Dios los tenga en su gloria.
Un abrazo familiar para todos quienes leemos y, de una manerau otra, tenemos recuerdos o formamos parte de este blogde mi hermanito.
Mily.

Anónimo dijo...

Benditas las almas que dedican sus esfuerzos a hacer el bien, tan lejos de aquellos que hacen danho gratuitamente. Y lindo que lo cuentes con tanto estilo.

Silvana