22 diciembre, 2010

LOVE KILLS


Hace algunos días falleció el gatito de Anna Gabriella, un pequeño minino que apenas cumplió un mes de nacido y, tan diminuto como era, tuvo que enfrentarse a su trágico e irremediable final. Era plomo y atigrado, según tengo entendido, pero no llegué a conocerlo como debería.

La madre del pequeño animal era una gata pequeña, sucia y macilenta, tan callejera como su destino se lo permitió y que de pronto se vio aliviada del estrés de tener que cuidar a su cría, gracias al instinto maternal de la niña, quien solícitamente le brindó leche, techo y abrigo. Esta mamá gata sólo aulló un par de noches reclamando la patria potestad de su pequeñuelo, para luego hacerse la desentendida, retomando su vida fácil y conformista, confiando, claro está, en el fiel cuidado de la grácil niña. Un gran error por parte del animal.



Todos sabemos que los niños aman mucho a sus mascotas. Todos ellos tienen muy buenas intenciones para con ellas, pero las aman tanto y les dedican tanto tiempo, caricias, alimento y oxígeno, que terminan asfixiándolas, irremediablemente. Y no lo digo sin razón ni por ser un malhablado, pues si de tener pruebas se trata, he aquí algunos casos que podrán dar fe de ello :

Recuerdo a la pequeña Daphne, hija de una amiga mía. Esta niña guardaba una ternura tan vaporosa en su corazón que calentaba a su hámster vistiéndolo con las mejores y más abrigadoras ropitas, especialmente fabricadas para él. Lo abrigaba tanto y a toda hora que terminó sofocando al ratoncillo debajo de su cuerpo en el insistente afán de prodigarle aún más calor. Lloró tanto Daphne, que sus amados padres terminaron comprándole otra pequeña víctima; la colocaron, al igual que la anterior, en la abrigadora colchita que la niña tenía ya preparada para tal fin.

Del mismo modo, Aracelita, de escasos cuatro años, amaba y acariciaba tanto a sus pollitos recién nacidos, que éstos resultaban dando vueltas sin ton ni son, mareados e idiotizados entre el amor de la niña y la fuerza de la gravedad, para caer luego en un sopor del que no levantarían más. Daba pena ver a los animalitos que, ya suficiente fatiga habían tenido horas antes para salir de sus respectivos cascarones, e instantes después verlos perder su batalla frente a la amorosa niña de trenzas rosadas y sus mortales caricias.

Y aunque fue un caso muy peculiar, viene a mi mente el pequeño Marco, corriendo detrás de un gatito que, desesperado huía, en su inútil afán de buscar la ayuda del primer adulto que se cruzara por su camino. El animalito, totalmente traumatizado, terminaba siempre refugiado debajo de un mueble o trepado detrás del viejo refrigerador pero, contra todo pronóstico, tuvo mejor suerte y futuro, alejado, desde luego, de las manos del maniático niño.


Los amorosos padres de estos niños, hacen de todo por complacerlos, les hablan con tanta dulzura, los miman y les hacen cariñitos, les aconsejan que traten a los animalitos con delicadeza, que no los estresen. Los niños asienten, primorosos e inofensivos, pero después de algunos minutos vuelven a la carga y dan fin, sin querer, a sus pequeñas e indefensas mascotas.

El gatito del presente relato sufrió un pequeño accidente doméstico-literario, es decir, le cayeron tres pesados libros y lo despanzurraron. La niña lloró desconsoladamente. Fue el apocalipsis durante algunas horas. Todo un drama para la familia, como suele suceder.

En algunos casos, la segunda parte de los hechos es aún más traumática, porque los niños vuelven al ataque e intentan revivir a sus caídos animalitos de todas las formas posibles, volteándolos y poniéndolos de mil maneras, pero éstos ya son como pequeñas marionetas sin vida, muñequitos desarmados, globitos desinflados. Si es que, de repente, aún no exhalaban su último suspiro, ese aparente movimiento resucitador o desesperada maniobra de salvación, resulta siendo un involuntario y desalmado tiro de gracia para ellos.

Muchos niños no hallan la paz espiritual por la partida de sus mascotas hasta que ven que éstas son sepultadas como debe ser. Si los padres no cumplen con este sagrado ritual, tendrán que cargar con un remordimiento tan grande que se traducirá con el tiempo en costosas sesiones de terapia para el pobre niño traumatizado, después de ver a su animalito en posición eterna.


Y la historia se vuelve a repetir una y otra vez. La madre y el padre, si no son los abuelitos, juran que ya no habrán más mascotas en casa, pero los niños arman una vez más su maquiavélico plan y empiezan a manipularlos con emoticons en vivo : ponen sus caritas tristes, sus ojitos brillan y sus manitas se vuelven hermosas maripositas en el aire, prometiendo querer y cuidar mucho a sus nuevas mascotitas. Muchas veces, ya no es un gatito pues esos animalitos son muy delicados y se mueren muy rápido, atreviéndose a decir que hasta sin motivo.

- Mejor un perrito, hijito, los perritos son más fuertes... - Dicen los emocionados padres. Y el ciclo vuelve a empezar, cual macabra película de terror.

Así andaba la pequeña y aparentemente inofensiva Daphne, una semana después de la muerte de su segundo hámster. La tristeza aún se podía ver en su inocente rostro y hacía pucheritos al entrar al mall de la mano de su padre. Era Navidad e iban de compras.... De pronto, volteó su rostro y sus ojitos se iluminaron. Sus piececillos pararon en seco, su mano se soltó de la mano que la asía y corrió hacia una colorida cajita detrás del vidrio de un gran mostrador.

- Mira papá, qué lindo conejito !!!



3 comentarios:

Anónimo dijo...

Un Literario Final para una dulce mascota ... pero me gusta xD
Your NEPHEW

Anónimo dijo...

Buena Jg hay muchos casos q ahora vienen a mi mente ya charlaremos sobre ello.Buen relato.PCAR

Anónimo dijo...

y de nuevo la historia se repite una y otra vez alguna vez tiene que durar la mascota ¿no crees?MCRA