01 enero, 2010

CASI A MEDIANOCHE


Aún recuerdo la noche vieja del 31 de diciembre de 1999. En el reloj de la Catedral debieron dar más de las once cuando aquella figura cruzó, como un espectro, hacia el otro lado de la calle. El sonido de unos tacones me advirtió de su presencia.

Era una mujer de traje blanco que se desplazaba llevando una especie de varilla larga en la mano. Daba la impresión de estar y no estar, pues por un instante la perdí en el fulgor de la noche. Era alta y espigada. Llevaba el vestido debajo de la rodilla y una especie de cofia, también blanca, le envolvía el cabello. Se acercó lentamente hacia un automóvil, como buscando al conductor. Después volteó y en la penumbra de la noche pude ver las facciones de su rostro sobre una piel negra y rugosa, de rasgos achatados. Regresó luego sobre sus pasos, dejando una estela blanca sobre la vereda. Parecía flotar. Se dirigió al rincón más oscuro de la plaza mayor mostrando cierta elegancia en su andar y dejando ver unas manos del color del carbón; sus palmas eran tan blancas que brillaban. Luego, en un gesto que me pareció muy familiar, levantó la cara mirando hacia donde yo me encontraba y me sonrió con melancolía. Dios mío! Me puse de pie sobresaltado, presa de un temor escalofriante. Era casi imposible lo que veía. La reconocí de pronto y me era imposible comprender lo que estaba sucediendo. Hacía mucho tiempo que esa mujer ya no estaba en el mundo de los vivos, o al menos eso me dijeron.

Ha pasado exactamente una década desde que tuve aquel extraño y perturbador sueño y lo recuerdo siempre y cada vez con la llegada de un nuevo año. Ha transcurrido también mucho tiempo, no sé cuánto, desde que Carlota desapareció, dejando un vacío en la cuadra 5 de la calle Orbegoso donde ella vivía y un recuerdo cariñoso en la memoria de los habitantes de mi ciudad.




Negra Carlota o Loca Carlota, era como la gente la llamaba. Decían que en sus primeros años de locura veraneaba en pleno invierno en el balneario Las Delicias. Era una persona muy respetuosa y amable, fina y educada. Cuentan que se volvió loca después que su menor hijo fue atropellado saliendo del colegio... Vaya usted a saber!... Lo único que recuerdo es que, a pesar del temor que infundía en algunas personas, sobre todo en los niños, nunca mostró rasgos de agresividad ni de una supuesta insanía.

La recuerdo sentada muchas veces en una destartalada silla de paja. Unos bultos donde guardaba sus pertenencias le servían para recostarse y decía la gente que la aquejaban algunas dolencias, tal vez una artrosis o un reumatismo. Por otro lado, Carlota era muy graciosa y ocurrente : cubría sus piernas con tiza blanca, con el lógico propósito de simular medias largas o tal vez para protegerse de algo, según cómo hayan sido sus creencias. Su forma de sobrevivir era más graciosa aún : paraba los carros o aprovechaba cuando éstos se detenían para cobrar una especie de peaje en plena plaza de armas. Una vez que conseguía algunas monedas, golpeaba despacio el carro de turno como indicándole que ya podía continuar su camino. Los choferes no mostraban turbación alguna al ser abordados por Carlota, sino aceptación, bajo la ley de una costumbre impuesta por ella misma.



A mediados de la década del setenta, el cantante trujillano Salomón grabó un popular tema titulado La Negra Carlota. En realidad, un homenaje a esta singular mujer.

Las autoridades respetaban mucho a Carlota, pues era una tradición viviente, muy conocida y representativa en la historia de nuestra ciudad. Personaje pintoresco e irrepetible, con una recordación que muchas personalidades de aquella u otra época ya quisieran haber tenido, era nuestra querida Carlota. Alguien por ahí contó que en una oportunidad el mismo presidente Belaúnde la saludó cuando pasaba por su calle. Ella decía que todas las autoridades eran sus parientes y se valía de ello para solicitar su propina del día. Las tardes de domingo, Carlota aprovechaba que la gente entraba a la Catedral para instalarse en las gradas exteriores y cobrar la entrada al recinto, pues según ella, la iglesia, la plaza mayor, las calles, los carros, las tiendas y la ciudad entera le pertenecían.

Era gracioso verla comer. Carlota tomaba sus alimentos con fruición y siempre a la hora indicada. Había mucha gente que se los ofrecía. Muchos ambulantes o dueños de locales colaboraban con ella también.


La gente comenta que algún alcalde de turno fue tal vez el que hizo la gestión necesaria para internarla en un nosocomio, no sé si para librarse de ella, con alguna buena intención o por ambas razones. Lo cierto es que murió ahí víctima de tuberculosis o tal vez neumonía, nadie lo sabe a ciencia cierta. Pero lo más probable es que ella no pudiera resistir que la apartaran de su vida anterior, su mundo, un mundo propio que ella misma creó con la venia de la gente que un día la vio llegar pero nunca partir.

Me gustaría volver a tener el sueño de aquella noche de Año Nuevo y pasar minutos antes de la medianoche por ese tradicional rincón en que Carlota dormía, para verla transformada de una mujer alta de cabello nevado a una niña grácil con el pelo enmarañado y escuchar junto a ella las canciones de cuna que su madre algún día en su regazo le cantaba.


Agradecimientos por algunos datos que yo no conocía sobre Carlota : Luis Ganoza Ferrer, Rosmary Rn, Campodónico Haakman, Marusha Ganoza, Anace Morillas, Ana-Lucía Rodríguez-Novoa Guerrero, David Barrow, Lorena Castro Pinillos y Andrés Zevallos Echeverría (Novela Las Aventuras de Andrés). Dichos datos fueron extraídos de sus comentarios en Facebook [ “La Negra Carlota”, administrado por Tony Burranca ] y las fotografías (según la misma página), facilitadas por : Luis Enrique del Busto Durand. Agradecimiento especial : Jorge LLosa Drago.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente relato para describir a un personaje que perteneció a nuestras vidas y ahora está solo en el recuerdo de algunos, recuerdo cuando tenía diez años y la veíamos desde el auto de tío Humberto en sus afanes, y la verdad que sentía curiosidad y algo de temor, nadie le negaba el "cupo".
José

Ana María Estrada dijo...

mi buen amigo esperando que te encuentres bien paso a decirte que con este relato me hiciste recordar cuando era niña , esta señora "LA NEGRA KARLOTA " llego a vivir en la esqina de mi casa donde yo vivo me acuerdo que exactamente era en una quinta y cada vez que pasaba por ahi me daba miedo mucho miedo porque decian que robaba a niñas yo tenia masomenos 8 años y como tu dices un dia desaparecio y nunca mas la volvi a ver.

Paky dijo...

Recordar es volver a vivir, has logrado retroceder mi vida a una época interesante y claro llena de personajes pintorezcos y legendarios que marcan nuestra existencia y enriquece nuestras experiencias talvez con miedo o sin el, lo cierto es que haberla visto a LA NEGRA CARLOTA en ese espacio tambien me hace recordar la belleza, tradición, la cultura, la libertad, que representaba nuestro Trujillo y que ahora vemos la plaza de armas mas grande del norte del Peru con esas TRANCAS de mal gusto. A ver si te inspiras en otro personaje te doy el nombre "LA ABUELITA CANTA EL GALLO" te doy un pequeño dato, ella daba la hora cuando se le preguntaba "abuelita que hora es, respondia "dos de la tarde, un cuarto para las tres" , su respuesta solia ser dos horas peprpo una se aproximaba a la real.

ELSA dijo...

Jorge, me hiciste recordar a este personaje que lo tenìa olvidado ... que maravilloso es recordar.
Un abrazo